21 feb 2013

Análisis - Política Exterior de México (Miguel Marín Bosch)

C
uál es el margen de maniobra en materia de política exterior para un país como México? En el anterior artículo describimos cómo se ha venido uniformando la actuación internacional de muchas naciones y cuán difícil resulta una acción independiente e innovadora. Exploremos ahora aquellas cuestiones que quizás sean susceptibles de acciones alentadas por países como el nuestro.
Hay un sinnúmero de asuntos que constituyen un peligro a mediano y largo plazo para la seguridad internacional y la convivencia pacífica entre las naciones. Piensen en los conflictos que podrían desencadenarse a raíz del acceso al agua. Consideren también los efectos del cambio climático. ¿Qué orden internacional podrá hacer frente a la catástrofe que se avecina si no modificamos rápida y radicalmente los hábitos que nos impone la sociedad de consumo?
Es cierto que la comunidad internacional ha concluido acuerdos y creado instancias y mecanismos de negociación para frenar y revertir el calentamiento del planeta. En este renglón la conferencia mundial de Río de Janeiro en 1992 sobre el medio ambiente y el desarrollo constituyó un hito. Pero el paso ha sido lento y en cada reunión multilateral se puede detectar que siguen avanzando los que quieren privilegiar el desarrollo por encima del medio ambiente. A 20 años de la conferencia de Río quizás haya llegado el momento para introducir nuevos enfoques en esta materia.
He ahí un tema que debería impulsarse en los foros multilaterales y que México podría seguir promoviendo. Pero hay otras cuestiones que merecen ser examinadas en los organismos internacionales. Algunas son consecuencia de los avances de la ciencia y la tecnología y deben ser objeto de soluciones colectivas. Y ante esos avances el derecho internacional suele quedar rezagado.
La ONU y la familia de organizaciones multilaterales y regionales han venido estableciendo códigos de conducta en una amplia gama de actividades. La propia carta de la ONU es quizás el código más importante en materia de la paz y la seguridad internacionales.
Cabe tener presente también que hace apenas unos cuantos siglos que se ha venido reglamentando la conducción de la guerra. Los avances científicos y tecnológicos de principios del siglo XX hicieron posible el uso de armas químicas en la Primera Guerra Mundial y de armas nucleares en la Segunda. En la segunda mitad del siglo pasado se prohibieron tanto las armas químicas como las biológicas. Pero las nucleares aún no se han prohibido.
Tampoco se ha reglamentado el uso de los misiles. Y hoy el arma nuclear y el misil o vector para transportarla siguen amenazando la paz entre las naciones. Ahí está el desafío de Corea del Norte.
Ahora la guerra cibernética y el uso de vehículos (aviones) sin tripulación (los llamados drones) plantean retos parecidos a la comunidad internacional. Vean lo que está ocurriendo con Internet. Si una persona se mete a tu computadora es un hacker. Pero, ¿si el hacker es un gobierno? Si un individuo se dedica acontaminar las computadoras de otros con un virus, es un criminal. Pero, ¿cómo calificamos a un gobierno que hace lo mismo?
En estos días The New York Timesha presentado una queja ante el gobierno chino por un supuesto ataque cibernético. Pero hace años que los expertos han venido alertando sobre las consecuencias catastróficas que tendría un ataque de esta naturaleza contra las instalaciones de otro gobierno y no sólo de empresas o particulares.
En los últimos meses también se ha intensificado el debate sobre cómo Estados Unidos está cambiando la manera de conducir la supuesta guerra contra el terrorismo internacional. Al parecer, hacia diciembre de 2008 el presidente saliente George W. Bush le encomendó a su sucesor dos proyectos que estaban desarrollándose y que Obama aceptó y mejoró: la guerra cibernética y el uso de vehículos (aviones) sin tripulación (los llamadosdrones).
De adolescente mi hijo empezó a construir modelos de aviones. Luego los hacía volar con un control remoto. Con los años esa afición lo llevó a sacar su licencia de piloto aviador.
La idea de contar con un avión que no requiera de un piloto ha entusiasmado a los dirigentes militares durante más de un siglo. Sus posibles usos son muchos: desde el espionaje hasta los bombardeos.
Durante la Segunda Guerra Mundial los alemanes experimentaron con modelos de los llamados drones pero a la postre optaron por desarrollar proyectiles de corto y mediano alcance. Su éxito fue tal que después de 1945 muchos de los científicos e ingenieros involucrados en los proyectos de misiles se convirtieron en el semillero de los programas espaciales en Estados Unidos y la entonces Unión Soviética.
Hoy en día los drones se están usando en la agricultura, en la exploración de regiones remotas y también para el control de fronteras. Pero el debate va más allá del uso pacífico de esa tecnología. Cada día se recurre más a esos aviones tripulados a control remoto con fines militares. Sus ventajas son claras: son más baratos que los aviones convencionales, pueden volar hasta por más de 80 horas y no hay peligro de perder al piloto.
El problema es que Washington los está utilizando para asesinar a individuos con supuestos nexos con los terroristas internacionales, Al Qaeda en particular. Y el debate en Estados Unidos ahora gira en torno de si se puede eliminar a un individuo sin un juicio. Es más, se preguntan en Washington, ¿qué pasa si el sospechoso es un ciudadano estadunidense?
Sería aconsejable que la comunidad internacional se pronunciara sobre cuestiones como la guerra cibernética y el uso de drones con fines militares o policiacos. Suele decirse que en la guerra y en el amor todo se vale. No sé si sea cierto en el caso del amor, pero ciertamente no lo es en cuanto a la guerra. Y la ONU debería elaborar sendos códigos de conducta sobre las cuestiones aquí planteadas.

¿Cuáles son los principales retos en la relación entre la Unión Europea y América Latina?


En el foro “Nuevos impulsos para la sociedad estratégica”, organizado por Info-Point Europa en Hamburgo, DW habló con varios expertos sobre los nuevos retos de las relaciones entre la UE, América Latina y el Caribe.
Según el análisis ¿Una alianza equitativa?, publicado recientemente por el Instituto Alemán de Estudios Globales y Regionales (GIGA) de Hamburgo, desde su creación en 1999 la sociedad estratégica entre los países de la Unión Europea (UE), América Latina y el Caribe ha alcanzado objetivos que no deben ser desestimados. Por un lado, la fundación de organizaciones para canalizar el diálogo interregional. Por otro, la firma de tratados de asociación y libre comercio bilaterales y subregionales.
Detlef Nolte, presidente del Instituto Alemán de Estudios Globales y Regionales (GIGA) de Hamburgo.
En el foro Nuevos impulsos para la sociedad estratégica, celebrado en el corazón de Hamburgo este 20 de febrero, se discutieron las nuevas metas conjuntas de estas naciones y los desafíos que tienen por delante para consolidar sus redes de cooperación. “La interacción en las ciencias y en materia de inversiones debe intensificarse; hay tópicos que esperan ser abordados con mayor profundidad, como el de la migración; y las negociaciones con el Mercosur no están cerradas”, dijo el presidente del GIGA, Detlef Nolte.
“En algunos programas, como el de intercambio científico, el bloque comunitario puede cooperar con toda Latinoamérica. Pero hay otros proyectos en donde los interlocutores de Europa serán Estados puntuales o grupos de países con intereses especiales. Y eso no tiene nada de malo. También dentro la UE existen diferentes formas de cooperación porque no todos sus socios tienen el euro como moneda o firmaron el Acuerdo de Schengen, por ejemplo. La flexibilidad de los vínculos también ofrece ventajas”, explica Nolte.
Bettina Trüb, investigadora de la Fundación Unión Europea, América Latina y el Caribe (UE-ALC).
Bettina Trüb, investigadora de la Fundación Unión Europea, América Latina y el Caribe (UE-ALC), aludió al reto pendiente de no dejar a ninguno de los socios por fuera de los diálogos que se están desarrollando. “Los países insulares del Caribe se quejan de no estar involucrados plenamente en esta sociedad estratégica, como lo están la América continental y Europa. En la Fundación UE-ALC pensamos que se deben tomar en cuenta sus necesidades específicas para poder incorporarlos completamente a este eje bidireccional”, sostiene Trüb.
Una sociedad no es un romance
“En abril realizaremos un seminario para determinar cuáles son los temas de mayor relevancia para los países antillanos –uno de ellos es, desde luego, el cambio climático; pero hay otros– y cómo quieren involucrarse estos Estados en la relación birregional”, agrega la investigadora de la Fundación UE-ALC. Por su parte, el director de la Asociación Empresarial para América Latina, Christoph G. Schmitt, desaconsejó considerar la sociedad estratégica como un romance transatlántico y verla solamente desde la perspectiva europea.
Roland Schäfer, el nuevo director para América del Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE).
“Suena muy bien decir que Europa, Latinoamérica y el Caribe tienen valores y culturas comunes; pero en el mundo globalizado se habla de productos, volúmenes de venta, fechas de entrega, precios y competitividad dentro de los mercados, no de alianzas estratégicas. Puede ser que un producto fabricado en Asia por empresarios alemanes sea más competitivo en el mercado asiático que el mismo producto fabricado por empresarios alemanes en un país latinoamericano con capacidad para exportarlo a Asia por formar parte de la Alianza del Pacífico”, aclara Schmitt.
Roland Schäfer, el nuevo director para América del Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE), destacó la necesidad de cooperar para poner coto a la inseguridad pública y al crimen organizado en América Latina y las Antillas, y para luchar contra el narcotráfico con destino al Viejo Continente. “Esos son temas relevantes y aspiramos a aplicar planes de acción este mismo año”, dijo Schäfer, enfatizando que los Estados procurarán solucionar los problemas en cuestión dialogando entre sí de igual a igual.
¿Se puede decir que Alemania consiguió “europeizar” su política latinoamericana, tal como se lo propuso el ministro de Exteriores, Guido Westerwelle, en 2010? “Creo que la presencia de la canciller alemana, Angela Merkel, en la cumbre euro-latinoamericana del 26 y 27 de enero revela la importancia que América Latina y el Caribe tienen tanto para Berlín como para Bruselas. Alemania está muy involucrada en la definición de la política latinoamericana de la UE y la orientación que se le quiere dar fue descrita exhaustivamente en el encuentro de Chile”, asiente Schäfer.
Autor: Evan Romero-Castillo
Editora: Claudia Herrera Pahl

DW.DE

Fuente:

15 ene 2013

El rol de las redes transnacionales en la defensa de los Derechos Humanos. Referencias al fenómeno de los feminicidios en Ciudad Juárez, México.


Por Walter Murcia

En las últimas décadas cada vez cobran más fuerza otros actores, además del Estado, que inciden en las decisiones tanto en la política doméstica así como en lo internacional. En buena medida, como consecuencia del proceso  de globalización, el mapa de actores internacionales se ha ampliado. Actores con diferentes objetivos inciden en la política internacional, tales como las instituciones y regímenes internacionales que se han ido constituyendo en función del desarrollo y avance de diferentes temas de la agenda internacional. En este contexto, han cobrado especial relevancia actores no estatales como las  “redes transnacionales de defensa”, como las definen Keck y Sikkink, organizaciones  de la sociedad civil que  interactúan con los Estados y los organismos internacionales en busca de incidir en la gobernanza mundial.  Estas redes multiplican los canales de acceso al sistema internacional, en respuesta a diferentes problemáticas que trascienden las fronteras nacionales. Muchas de estas redes se caracterizan por una visión en común: “acciones locales, impactos globales” y centran su trabajo en la defensa de derechos humanos, la protección del medio ambiente, defensa de sectores tradicionalmente excluidos como poblaciones indígenas, mujeres, niñez, entre otros “issues”.

Keck y Sikkink  para explicar el desarrollo de estas redes de defensa y el efecto que estás tienen en la socialización de normas internacionales, plantearon el  “modelo del efecto bumerán”  que establece que dichas redes  comienzan a formarse cuando los canales de interlocución entre el Estado y movimientos domésticos demandantes de reivindicaciones colectivas se encuentran bloqueados por las prácticas represivas de éste.  Estos autores identifican un efecto bumerán, cuando a raíz del bloqueo, los grupos domésticos en oposición no enfocan sus acciones hacia el Estado, sino buscan directamente aliados  internacionales para tratar de ejercer presión sobre sus gobiernos, desde afuera. En este modelo “insider-outsider”, el nivel internacional funciona como una estrategia alternativa para activistas domésticos.

A través de estas estrategias se desafían a los Estados violadores de derechos humanos creando una estructura transnacional que presiona a dichos regímenes simultáneamente desde arriba y desde abajo. Desde arriba, empujada por las redes de defensa transnacionales,  las organizaciones no gubernamentales internacionales, organizaciones intergubernamentales de derechos humanos, países donantes, entre otros.  Y desde abajo, donde las organizaciones, movimientos locales y nacionales que son empoderados y legitimados por el contacto internacional. En esta dinámica, las organizaciones internacionales se convierten en amplificadores de denuncias que llevan a que se ejerza presión sobre el estado transgresor de normas, logrando cambios en materia de derechos humanos y una cultura de "accountability social".

En busca de comprender el rol de las redes transnacionales, como complemento al modelo de bumerán, Risse y Sikkink, plantean que éste mismo puede ser integrado a una conceptualización más dinámica de los efectos de las relaciones domésticas, internacionales y transnacionales. Estos autores plantean la importancia del impacto de las normas internacionales en las políticas domésticas y proponen un modelo en espiral, señalando que las mejoras en derechos humanos en un país determinado recuerdan no sólo un bumerán, sino una serie de bumerangs que forman una espiral. El modelo del espiral parte del modelo bumerang, pero trasciende más allá, es un modelo causal que intenta explicar la variación en la forma en que los gobiernos nacionales se comportan en relación con el mejoramiento de las condiciones de los derechos humanos. 

Risse y Sikkink en su modelo de espiral de socialización de normas internacionales de derechos humanos, plantean que el comportamiento de los estados infractores, cuando se ven sometidos a la presión política de las redes de defensa, suelen pasar por una serie de fases: Una primer fase que tiene como punto de partida, lo planteado anteriormente en el modelo bumerán. Empieza con una situación represiva y abusos a los derechos humanos, frente a una oposición social doméstica débil, lo cual conlleva a la activación inicial de la red transnacional. La segunda, el estado frecuentemente niega validez a las normas de derechos humanos y se escuda en que las críticas constituyen una intervención ilegítima en asuntos internos. O bien, se transita a una tercera fase, en la que el estado se ajusta a las presiones haciendo ciertas concesiones tácticas para disminuir la presión internacional, en muchos casos ese tipo de decisiones se basan en una lógica instrumental, cuando algunos Estados hacen ciertos movimientos pero de maquillaje. Puede existir una cuarta fase donde el estado acepta la norma internacional y una última fase, donde las normas internacionales se institucionalizan e internalizan, es decir, son objeto de cumplimiento sin necesidad de ulterior presión política.

Tanto el modelo boomerang como el de espiral constituyen un marco conceptual para entender cómo las normas internacionales de derechos humanos son internalizadas dentro de las practicas domésticas. Para ilustrar la aplicabilidad de estos enfoques así como reflejar la incidencia de las organizaciones locales, nacionales y globales en la defensa de ciertos derechos, se toma como caso concreto, la problemática de violencia de género (feminicidios)[1] en Ciudad  Juárez, México. Esta ciudad que en el año 2001 se dio a conocer internacionalmente por los crímenes de género identificados como los casos de "Campo Algodonero" donde ocho mujeres fueron raptadas, torturadas sexualmente y asesinadas[2]. De acuerdo con Marcela Lagarde, feminicidio,  es el término más adecuado para caracterizar la violencia que sucede en Ciudad Juarez, dicho término se usa así para denominar al conjunto de delitos de lesa humanidad que contienen los crímenes, secuestros y desapariciones de niñas y mujeres, “es un crimen de Estado porque se refiere a la fractura del estado de derecho que favorece la impunidad”[3].

En esta ciudad la corrupción y la impunidad parecerían ser la norma. Desde funcionarios, fiscales y políticos hasta militares y policías federales han estado involucrados en los asesinatos de mujeres jóvenes, sin que haya un solo caso de justicia para las madres y familiares de las víctimas[4]. Ante la falta de formulación e implementación de políticas concretas para la eliminación de este tipo de violencia (de género), así como el silencio de las autoridades federales (una forma de negación)  se fueron consolidando una serie de organizaciones de grupos locales que luchan por los derechos de las mujeres; sector, cuyas denuncias habían sido ignoradas por las autoridades. 

En 1995 se creó la Coordinadora de ONG en Pro de la Mujer, que reunía a organizaciones de familiares de víctimas, derechos humanos y mujeres de Ciudad Juárez y Chihuahua. Uno de las primeras acciones que llevaron a cabo fue una recopilación hemerográfica para documentar los casos de violencia sexual y desapariciones. A través de este colectivo de organizaciones se realizaron denuncias, marchas y demandas puntuales a las autoridades. Sin embargo, ante la negativa reiterada de éstas, para 1999 la Coordinadora  apelo al apoyo de otros actores nacionales, lo cual posicionó al problema de Ciudad Juárez a nivel de todo México, rapidamente la mirada de la comunidad internacional tenía puesta la mirada en este país. Esto se pudo observar en ocasión de la visita a México de la Relatora Especial de Naciones Unidas sobre Ejecuciones Extrajudiciales, Sumarias y Arbitrarias. La Relatora incluyó en su agenda a Ciudad Juárez, y emitió un informe altamente crítico, calificando el caso como una muestra clara de impunidad y de violencia. Tras años de falta de respuesta y negación de parte de las autoridades tanto locales como federales, el Informe crítico de la Relatora de Naciones Unidas y el caso de Campo Algodonero de 2001, abrió un auténtico debate público internacional en torno a los asesinatos y desapariciones de mujeres en Ciudad Juárez. Con este informe México recibió una primera puesta en evidencia internacional que es posible identificar como una especie de  primer efecto bumerán. 

En respuesta a ello, el Presidente Fox hizo un primer pronunciamiento público sobre el problema y ordenó a la Procuraduría General de la República intervenir en las investigaciones. Ante la presión internacional recibida, dicho comportamiento de la administración Fox se podría entender como una especie de concesión táctica para demostrar el interés del gobierno en la problemática. No obstante se logró que el tema por lo menos al nivel discursivo, pasó a ser un “asunto de prioridad nacional” para el Estado mexicano.  

Para 2002,  se desarrollaron una serie de movilizaciones  y fortalecimiento de grupos a nivel nacional que denunciaban la problemática. Se implementaron campañas como “Alto a la impunidad: Ni una muerta más”[5], que reunía a más de 300 ONGs de diferentes sectores. Como parte de la espiral de bumeráns que se habían logrado, esta campaña logró eco en diferentes organizaciones internacionales, estableciéndose una red local-global con apoyo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), el Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (CEDAW), la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD), el Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM), el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUR) y los Relatores Especiales de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, y organizaciones no gubernamentales como Amnistía Internacional y la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA)[6]. Estas instituciones activaron diferentes mecanismos de incidencia, principalmente a través de la elaboración de informes que incluían recomendaciones puntuales para el gobierno mexicano. La red de defensa que se constituyó generó un fuerte impacto en la opinión pública internacional.

Entre 2002 y 2003, según aumentó el escrutinio y la presión de la red de defensa transnacional, las autoridades mexicanas enviaban señales de entrar en una tercera fase de acuerdo al modelo de espiral, la argumentativa o de concesiones tácticas, en donde además de aceptar las recomendaciones de los informes internacionales, se transitaba a la frontera con la cuarta fase, el estatus preceptivo. El “feminicidio” adquirió un mayor peso político y jurídico, en el poder legislativo federal mexicano. Estos cambios suponían asumir por parte del Estado Mexicano, la responsabilidad del problema y reconocer que la raíz del mismo radicaba en la impunidad e ineficacia del sistema de justicia.  

Además, se inició una etapa de institucionalización, a través de la creación de leyes, como la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de violencia, aprobada en 2007 y el establecimiento de instituciones especializadas como la Comisión para prevenir y erradicar la violencia contra las mujeres en Ciudad Juárez y la Comisión Especial del Feminicidio. siguiendo al modelo de espiral, con dichas acciones todo parecería indicar que el Estado mexicano, como estado agresor, se comportaba consistente con las normas. Hubo cambio de discurso, así como, cambio de visión, se le daría tratamiento al fenómeno de acuerdo a lo que establece la norma internacional. Eso reflejaba una progresiva socialización de la legislación internacional sobre violencia contra la mujer que según el  modelo en espiral de Risse y Sikkink.,  coincide con las primeras etapas.

Sin embargo, la efectividad de los instrumentos creados para abatir la violencia de género en este país es puesta en duda, principalmente por la falta de institucionalización y convergencia entre el discurso político y la normativa internacional. Esta disfuncionalidad se puso de manifiesto en marzo de 2003, en el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, el presidente Fox rechazó llevar a la justicia federal, el caso de los asesinatos de mujeres, cometidos en forma impune desde 1993 en Ciudad Juárez. Fox aseguró que el feminicidio, así como la desaparición de alrededor de mil mujeres, es competencia de la justicia del estado de Chihuahua[7].  

"En la acción retórica los gobiernos actúan instrumentalmente para aliviar la presión, pero realmente no están dispuestos a cambiar sus propias creencias"[8].

El caso presentado, arroja una serie de reflexiones entre ellas, la importancia que tienen en la actualidad, las redes transnacionales de defensa de derechos en un contexto de ampliación de ciudadanía. A pesar que en el caso presentado, el nivel de institucionalización de la norma, aún es un desafío pendiente. Es clave reconocer como logro la visibilización del problema y el reconocimiento del Estado mexicano de su responsabilidad.  El modelo de espiral da una idea de un continuo, un “ir y venir”, por lo que una vez la represión o la violación de derechos por parte de un Estado es denunciada por estas organizaciones, el trabajo de las redes de defensa no se agota cuando el estado realiza una concesión, que en muchas ocasiones es instrumental. A partir de 2006, el problema de los feminicidios en este país fue perdiendo  posicionamiento en la agenda política por diferentes factores, entre ellos, la opinión pública se centró más en la criticada elección de Felipe Calderón como presidente. 

No obstante, en el "ir y venir", en vista que los casos de feminicidios se han incrementado en los últimos años, diferentes organizaciones locales con el apoyo de organizaciones regionales e internacionales han dado seguimiento a la problemática en busca de hacer responsable al Estado mexicano.  En noviembre del 2009, se logró que la CIDH condenará al estado mexicano por violar derechos humanos en los casos de feminicidio sucedidos en Ciudad Juárez en 1993[9]. No obstante,  en los últimos años, el estado mexicano no presenta avances en la plena socialización de las normas internacionales que atañen a erradicar la violencia contra las mujeres. Las autoridades se justifican en que muy buena parte de los homicidios de mujeres son resultado del saldo de cuentas por el crimen organizado, desligandose de cualquier responsabilidad, y no investigan, quedando impune muchos de los delitos y sin acceso a la justicia. En la actualidad, los feminicidios no solo son marca registrada de Ciudad Juárez, sino que se han extendido por todo este país.




[1] Olga Aikin Araluce. La agenda del Feminicidio, durante la Administración de vicente Fox: un estudio de caso en torno a la presión política transnacional. Revista Relaciones Internacionales, núm. 19, febrero 2012. Pp.33.  http://www.relacionesinternacionales.info/ojs/article/view/333/283.html
[2] Humberto Robles. Ciudad Juárez: donde ser mujer es vivir en peligro de muerte. FUHEM, Papeles de relaciones ecosociales y cambio global. N°109 2010. Pp. 95-104. http://www.fuhem.es/media/ecosocial/file/Paz/Observatorio%20de%20conflictos/ciudad%20Juarez_H.ROBLES.pdf
[3] Marcela Lagarde y de los Ríos. “Violencia de género y paz social” (ponencia en el marco de la Primera Reunión de la Internacional Socialista de las Mujeres en América Latina y el Caribe, D.F., 11 de septiembre de 2004) pp. 3
[4] Guadalupe Lizárraga. Feminicidios, 19 años consecutivos en Ciudad Juárez. Publicado el 25 de noviembre de 2012. http://www.losangelespress.org/feminicidios-19-anos-consecutivos-en-ciudad-juarez/
[5] Sonia del Valle. ONG lanzan campaña "Alto a la impunidad, ni una muerta más". Publicado el 14 de diciembre de 2001. http://www.cimacnoticias.com.mx/node/26116
[6] Olga Aikin Araluce. Op. Cit., pp. 36
[7] Miriam Cruz. Llueven críticas a decisión de Fox sobre Feminicidio. Publicado el 10 de marzo de 2003. http://cimacnoticias.com.mx/node/28412
[8] Thomas Risse. Let´s Argue: Communicative Action in World Politics. En International Organization, vol. 54, nº1, 2000.

14 dic 2012

La Militarización de la Seguridad Pública en El Salvador



Por Walter Murcia
Existe un acuerdo generalizado en que después de las transiciones democráticas en América Latina, la principal función de las fuerzas armadas sería, en teoría, la defensa de la soberanía nacional y el territorio frente a agresiones externas. Pero en los últimos años, dada la creciente inseguridad ciudadana, muchos gobiernos han otorgado a las Fuerzas Armadas facultades en orden interno para lo cual no están preparadas. Todo ello, a pesar de tratarse de decisiones que contradicen sus respectivos marcos jurídicos y la propia democracia y de significar un retroceso en las relaciones cívico-militares.
Cada vez es más gris la línea que divide los asuntos de seguridad y defensa. En América Latina, solo en Argentina, Chile y Uruguay, los roles entre seguridad y defensa están bien definidos, aunque se han visto intenciones en estos países por hacer reformas a las leyes, como es el caso de Chile, para dar espacios de acción a los ejércitos para el combate a la criminalidad. Allí existe conciencia de que eso representaría un retroceso para la democracia.
En cambio, en otros Estados con problemas serios de ingobernabilidad, no es extraño toparse con Fuerzas Armadas multipropósitos, que además de llevar juguetes o asistencia médica a comunidades pobres, sirven en tareas de seguridad pública y lucha contra el narcotráfico, como sucede en El Salvador. Esto último, influido por el apoyo que brinda Estados Unidos a estos gobiernos para su guerra contra las drogas. Un país cuya prédica y práctica se contradicen.

La Fuerza Armada en los Acuerdos de Paz

Ya pasaron más de dos décadas de la firma de los Acuerdos de Chapultepec entre el Gobierno de El Salvador y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), acuerdos que dieron fin a un conflicto armado de 12 años que dejó un lamentable saldo de 75 mil muertos y 8 mil desaparecidos. Estos Acuerdos constituyeron un punto de partida para refundar un nuevo país, o al menos tratar de constituir una democracia.
Fuente: Facebook Fuerza Armada de El Salvador.
Fuente: Facebook Fuerza Armada de El Salvador.

El punto trascendental de los Acuerdos de Paz radicó en la reformulación de la misión de la Fuerza Armada a cambio de la desmovilización de la guerrilla del FMLN. Esto suponía reducir el tamaño de los ejércitos, supeditarlos al poder civil, fortalecer y reorganizar las dependencias policiales, entre otros. Al hacer un balance de los compromisos pactados en el texto del documento, se puede afirmar que se han dado avances parciales y agregaría que, en buena medida, debido al poco interés de las élites políticas en ver más allá, principalmente los partidos políticos.
La experiencia de El Salvador quedó registrada en la memoria colectiva como una experiencia exitosa de negociación de la paz. El título del informe de la Comisión de la Verdad (“De la locura a la esperanza”) describe muy bien ese contexto. No obstante, con el pasar de los años, se percibe que dichos Acuerdos no dieron muchos frutos, lo que responde a que fueron negociados entre elites políticas. Las cúpulas de Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) y del FMLN establecieron un nuevo terreno para la guerra: las elecciones.
Se han cumplido algunos acuerdos, pero aún queda pendiente completar ciertas reformas. Por ejemplo, en cuanto a lo económico y social (detonante de la conflictividad), nunca se ha logrado tener una visión de país consensuada sobre la ruta a seguir. No fue casualidad que el primer punto de los Acuerdos de Paz estuviera dedicado a la Fuerza Armada. Se resolvió buscar una desmilitarización de la seguridad pública y avanzar en la profesionalización de las policías. En la actualidad, ni una ni otra parecen concretarse.

Un enfoque integral contra la violencia

El Salvador es uno de los países más violentos e inseguros en el mundo. Las razones pueden hallarse en los problemas estructurales, la violencia generada por las pandillas y el impacto del crimen organizado. A pesar de que con los Acuerdos se buscaba separar los campos de seguridad y defensa, desde 1993 hasta hoy, en nombre de la excepcionalidad (llámese incapacidad) y en busca de una respuesta al problema de inseguridad, los gobiernos han optado por políticas de mano dura, endurecimiento de leyes y acciones de corto plazo (como disuadir con el instrumento militar), pero que no abordan de manera integral el problema.
Basta tomar en cuenta experiencias exitosas de cómo tratar la inseguridad y la violencia, ya sea en ciudades de Colombia, Nicaragua o Costa Rica, que han combinado estrategias integrales centradas en el fortalecimiento de los cuerpos de seguridad, las policías comunitarias, las acciones de prevención, el fomento de espacios de convivencia y la  participación ciudadana, junto a otras políticas.
Ante la excusa de una policía desbordada (lo cual resulta obvio) y la búsqueda de respuestas “fáciles” a la inseguridad y las manifestaciones del crimen organizado como el narcotráfico, el actual gobierno de Funes ha implementado algunas acciones dirigidas a la prevención. No obstante, siguiendo la norma de los gobiernos anteriores, valiéndose del Artículo 212 de la Constitución Política, ha recurrido a la Fuerza Armada para que apoye tareas de seguridad pública. Dicho artículo establece que “el Presidente de la República podrá disponer excepcionalmente de la Fuerza Armada para el mantenimiento de la paz interna, de acuerdo con lo dispuesto por esta Constitución”.
En sus discursos, el presidente Funes alude a que El Salvador se encuentra ante una guerra. Pero basta con observar los resultados no buscados del enfoque prohibicionista y represivo contra las drogas (caso de México). A pesar de ello, en El Salvador, se han venido renovando Decretos Ejecutivos que facultan al Ejército en tareas de seguridad pública y participación en la lucha contra el narcotráfico, obviando las notables implicaciones y retrocesos para la democracia y las relaciones civiles-militares.
En El Salvador, diferentes han sido las justificaciones para una medida que ya no tiene nada de extraordinaria: debilidad de las policías, poco presupuesto para seguridad, efectividad y confianza de la población en la Fuerza Armada. En este país, de acuerdo al Barómetro de las Américas de 2010, a más del 40% de la población no le importaría un gobierno autoritario si solucionara los problemas de inseguridad. Pero las maras, el narco, son solo expresión de un círculo vicioso de subdesarrollo y debilidad estatal.
Aunque se le ha dado importancia al enfoque preventivo, en 2009 la Administración Funes ordenó el despliegue del ejército. Desde entonces, ha sido prorrogado anualmente y se aumentó el número de tropas en tareas de seguridad pública. El Decreto Ejecutivo N° 52, vigente hasta mayo de 2013, establece:
“Disponer de la Fuerza Armada, con el propósito de apoyar a la Policía Nacional Civil en operaciones de mantenimiento de la paz interna, por medio de la planificación y ejecución de operaciones preventivas conjuntas anti delincuenciales, por medio de patrullajes conjuntos de prevención, disuasión y aprehensión de delincuentes en todo el territorio nacional, poniendo mayor énfasis en el resguardo de la frontera nacional en lugares identificados como no habilitados, en el reforzamiento de la seguridad perimetral externa en las instalaciones de los centros penitenciarios (…)”.
En los últimos meses la tasa de homicidios ha disminuido considerablemente. La razón: un pacto entre las principales pandillas. Esta baja en homicidios ha dado la pauta para creer que están funcionando las políticas implementadas por el Ejecutivo, entre las que se incluye el uso de la Fuerza Armada. La famosa tregua, la cual se ha manejado como una novela, es una situación insostenible y pasajera si no se implantan políticas sociales agresivas, así como avances en reformas pendientes en los ámbitos de justicia, seguridad, defensa, educación, cultura, salud. En fin, no sólo concentrarse en los homicidios (como dato duro), sino en la búsqueda de un desarrollo humano integral para dar respuesta a la inseguridad.
Fuente: Facebook Fuerza Armada de El Salvador.
Fuente: Facebook Fuerza Armada de El Salvador.

Para la Fundación de Estudios para la Aplicación del Derecho (FESPAD), con el actual gobierno se ha visto un incremento de la militarización de la seguridad pública, hasta llegar a límites nunca alcanzados en los gobiernos anteriores. En noviembre de 2011, el presidente nombró a un militar en situación de retiro, el general David Munguía Payés, hasta entonces Ministro de la Defensa, al frente del gabinete de Justicia y Seguridad Pública. Posterior a esto, se nombró a otro militar como director de la Policía Nacional Civil, pero para el presidente Funes este tipo de nombramientos no contradicen la prohibición constitucional.
Diferentes sectores (incluyendo el FMLN, el partido que lo llevó al poder con el apoyo de una amplia alianza) consideran que la llegada de militares a puestos claves en seguridad pública va en contra del espíritu de los Acuerdos de Paz. Según Adriana Beltrán, de la organización estadounidense WOLA, este tipo de nombramientos “podría representar un cambio de enfoque hacia medidas que privilegian acciones represivas y una mayor participación de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad pública, en vez de impulsar la estrategia preventiva e integral que se requiere para afrontar la situación de inseguridad que vive el país, tal como había anunciado Mauricio Funes al inicio de su gobierno”.
Dentro de sus primeras acciones como Ministro de Seguridad, Munguía Payes propuso la creación de un “subsistema judicial” conformado por tribunales y fiscales especiales, paralelos a los que la Constitución y las leyes determinan, y se habló de imponer una política de seguridad pública como la que se ejecuta en las favelas del Brasil. En sus primeras declaraciones a la prensa, el militar en retiro se comprometió a bajar los índices de homicidios a un 30%.
Asimismo, lidera en el Gabinete de Seguridad una propuesta de ley para darle mayor libertad de acción al Ejército. En concordancia con esta posición, el Ministro de Defensa Benítez, en declaraciones a la prensa, mencionó que si el objetivo es bajar el número de asesinatos que está sufriendo a diario El Salvador, vale la pena darle mayor libertad de acción al Ejército, situación que no debe significar, según él, un “volver al pasado”. Además, citó como ejemplo el caso de Honduras, “ellos tienen prácticamente facultades de policías, nosotros no las tenemos así”.
Un factor que ha alimentado la militarización de la seguridad pública en El Salvador ha sido el alineamiento con la estrategia que lidera Estados Unidos de “guerra contra las drogas”, enfoque que presiona por una respuesta militar, a pesar de que no ha dado resultado. Habida cuenta del poder del narco, las autoridades civiles se han visto sobrepasadas, pero hay que estar claro: el narco es un fenómeno complejo que se desarrolla a expensas de la complicidad de los Estados.
Sin embargo, los gobiernos de turno en El Salvador, en lugar de fortalecer las instituciones civiles como las labores de inteligencia e investigación criminal, han optado por la estrategia de interdicción y represión del consumo. Desde 2002 funciona una base de monitoreo aéreo, ubicada en el aeropuerto internacional de Comalapa, la cual es manejada por efectivos militares de Estados Unidos con el fin de combatir el narcotráfico en la región.
Fuente: Facebook Fuerza Armada de El Salvador.
Fuente: Facebook Fuerza Armada de El Salvador.

Por otro lado, la cooperación internacional que brinda Estados Unidos a El Salvador, canalizada a través de la Iniciativa Regional de Seguridad para América Central (CARSI), de la familia del Plan Colombia y Mérida, incluye programas de aplicación de la ley, anticorrupción y desarrollo comunitario y juvenil, pero que dedica la mayor parte de sus fondos, los cuales son insuficientes, para apoyar a las fuerzas de seguridad y defensa para hacer frente al narcotráfico y al crimen organizado, a través de adiestramiento y equipamiento. “Los programas antidrogas son solamente uno de varios canales a través de los cuales la ayuda de Estados Unidos incentiva a los militares latinoamericanos a adoptar, o continuar desempeñando, nuevos roles internos”, sostienen desde la organización estadounidense WOLA. Asimismo, el Asocio para el Crecimiento, un programa firmado en 2011 entre los gobiernos de Estados Unidos y El Salvador que busca expandir el crecimiento económico, pero que se concentra en dar soluciones a las restricciones de ese crecimiento: la delincuencia y la inseguridad. Como ejemplo de dicha asistencia, en junio de 2012, Estados Unidos donó seis lanchas Zodiac para la Fuerza de Tarea Conjunta Cuscatlán, un esfuerzo conjunto de los Ministerios de Justicia y Seguridad, y Defensa, para el combate al narcotráfico. ¡Juguetes nuevos!


FBFFAAES

A pesar que en Estados Unidos, a nivel doméstico, existe una clara separación entre los roles y misiones de las fuerzas armadas y las instituciones policiales, logrado por la Ley Posse Comitatus de 1878. En el informe Predica lo que practicas (p.15), WOLA afirma que es “lamentable y alarmante que Washington haya impulsado el camino opuesto en América Latina, los programas de ayuda de Estados Unidos han incentivado a los militares del hemisferio oeste a asumir roles internos que serían inadecuados o incluso ilegales, en los Estados Unidos”De acuerdo con Craig A. Deare, la contribución estadounidense a la militarización de la región no es intencional: es paradójicamente, resultado de su ausencia civil y de una presencia militar relativamente mayor.
Estos son algunos de los elementos que están empujando hacia una militarización de la seguridad pública en El Salvador. Por el momento, no se ven señales de que la ampliación de facultades que se les ha asignado en materia de orden interno cambien. Muchos informes han dado cuenta de que el problema de la inseguridad pasa por un abordaje integral y es en este sentido que se deben hacer los ajustes de política.
Vale destacar que la respuesta militar para enfrentar la inseguridad es limitada; no ha funcionado en ningún país donde ha sido aplicada. Las respuestas pasan por concretar las reformas pendientes, ya que mientras se siga optando por la militarización, además de desnaturalizar la función de la Fuerza Armada, se pospone la necesaria profesionalización de la Policía Nacional Civil. Estos temas se solucionan en un nivel jurídico, asignando tareas, misiones específicas y tiempos concretos del apoyo del ejército en seguridad.
-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------


20 nov 2012

La voluntad de los votantes | Los estados de Colorado y Washington han llevado la legalización de la marihuana al primer plano


Por John Walsh, Coordinador de WOLA

Ahora que los votantes en los estados de Colorado y Washington han aprobado iniciativas para la legalización de la marihuana, la atención se ha volcado repentinamente hacia preguntas sobre la implementación de esta medida —y, en particular, hacia especulaciones sobre cómo podría reaccionar el gobierno federal. Ello es totalmente comprensible, pues no es un secreto que las recientemente aprobadas iniciativas estatales entran en conflicto con la ley federal.

El Gobernador de Colorado, John Hickenlooper, presentó el tema de manera pintoresca la noche de la votación: “La ley federal aún sostiene que la marihuana es una droga ilegal”, recalcó, “de modo que no se apresuren a abrir los paquetes de Cheetos o de Goldfish”. (Por si acaso, las compañías PepsiCo y Campbell’s Soup, dueñas respectivamente de las marcas “Cheetos” y “Goldfish”, se encuentran al presente desafiando la tendencia a la baja en el mercado de valores tras las elecciones). La posibilidad de que las autoridades estatales y federales encuentren maneras para cooperar entre sí en lugar deenfrentarse,resultará clave para determinar el destino de la Enmienda 64 de Colorado y la Iniciativa 502 de Washington.

Pero resulta ya obvio, tanto en los Estados Unidos como en América Latina, el significado simbólico de la aprobación de las propuestas para la legalización de la marihuana. A nivel doméstico, ambas victorias enfatizan cómo las decisiones estatales y locales están impulsando el debate en cuanto a políticas sobre la marihuana, ante la actual inercia —por no decir parálisis— que se da a nivel federal. La opinión pública ha cambiado considerablementeen años recientes, y los votantes se encuentran ahora a la vanguardia de la mayoría de los funcionarios electos, especialmente de los políticos a nivel nacional. En ausencia de un liderazgo a nivel federal, los votantes a nivel estatal están tomando la delantera.

En América Latina, la votación de estos estados para legalizar la marihuana llega en un momento en que el difundido desaliento respecto a la “guerra contra las drogas” vigente durante décadas, ha convergido en pedidos por parte de los gobiernos y la sociedad civil para llevar a cabo una reconsideración profunda de las políticas sobre drogas. Para muchos latinoamericanos, las votaciones en favor de la legalización de la marihuana resaltan el divorcio que existe entre, por un lado, una tendencia inconfundible hacia políticas más liberales sobre la marihuana en los EE.UU. y, por otro lado, la estricta línea prohibicionista que aún domina la legislación federal y la política exterior de los EE.UU. Un asesor principal del Presidente electo mexicano, Enrique Peña Nieto, lo expresó sin ambages: “Evidentemente no podemos darle un trato a un producto que es ilegal en México, tratando de evitar el trasiego a Estados Unidos, cuando en algunas partes tiene un trato distinto”. Más al sur, mientras el Parlamento uruguayo debate legislación que legalizaría la marihuana en ese país, la votación de la semana pasada en los Estados Unidos —cuna de la moderna “guerra contra las drogas”— muestra que la puerta hacia la verdadera reforma se encuentra abierta, y que no se cerrará fácilmente.

En una declaración conjunta el 12 de noviembre, los presidentes de México, Belice, Honduras y Costa Rica, pusieron en claro que las votaciones en Colorado y Washington en favor de la legalización de la marihuana provocarían una reconsideración de las políticas vigentes en sus propios países. Ahora que existen jurisdicciones al interior de un país que integra la Organización de Estados Americanos (OEA) que han aprobado la legalización de la marihuana, sería impensable que el informe sobre políticas de drogas de la OEA que debe aparecer en 2013 incumpla con presentar la legalización de la marihuana como una de las opciones a disposición de los gobiernos.

La noche de la votación, el Gobernador de Colorado, Hickenlooper (opuesto a la Enmienda 64) también recalcó: “Los votantes han hablado y tenemos que respetar su voluntad”. En el estado de Washington, la Gobernadora saliente, Christine Gregoire, aclaró asimismo que su trabajo “consiste en hacer lo que el pueblo del estado de Washington ha dicho que quiere que se haga”. En ambas votaciones, una mayoría simple fue el umbral a la victoria. De hecho, tanto la Enmienda 64 como la Iniciativa 502 fueron aprobadas por amplios márgenes. Un análisis más acucioso de los resultados de la votación destaca hasta dónde ha avanzado la opinión pública en relación a las políticas referidas a la marihuana, y cuán diverso puede ser el apoyo para la legalización de esta sustancia.

En Colorado, después de computar casi todos los votos emitidos, la Enmienda 64 fue aprobada por 10 puntos porcentuales, 55.0 a 45.0 por ciento. Lo que resulta aún más saltante: la propuesta por la legalización de la marihuana en Colorado se impuso en más condados y recibió más votos (1’336,579) que los obtenidos por el Presidente Obama (1’270,869), para no mencionar a Mitt Romney (1’147,518). En algunos de los condados de mayor población en los cuales el Presidente ganó por amplio margen, como Boulder y Denver, la Enmienda 64 quedó a la zaga de Obama. Pero la propuesta para la legalización de la marihuana se impuso en siete condados donde Obama quedó detrás de Romney. En promedio, la Enmienda 64 se impuso por un margen de casi 5 por ciento en esos siete condados, mientras que Obama quedó rezagado ante Romney por un promedio de casi 14 puntos porcentuales. Evidentemente, el apoyo para legalizar la marihuana en Colorado no se redujo simplemente a una cuestión de votantes “demócratas” versus “republicanos”.

En Washington, con más del 98 por ciento de los votos contabilizados, la Iniciativa 502 también ganó fácilmente, por 11 puntos —55.6 a 44.4 por ciento. La iniciativa obtuvo casi tantos votos a favor (1’684,645) como los que recibió Obama (1’712,374), quien se impuso fácilmente a Romney (1’269,846). Similarmente al caso de Colorado, en algunos de los condados de mayor población (y ubicados al oeste) del estado, incluyendo al Condado King, la Iniciativa 502 no se mantuvo precisamente a la par que el apoyo recibido por Obama. Pero la Iniciativa 502 se impuso en seis condados donde Obama quedó rezagado por Romney. En esos seis condados, incluyendo a Spokane, la Iniciativa 502 ganó por un margen promedio de 4 puntos, mientras que Obama quedó detrás de Romney por un promedio de casi 8 puntos porcentuales. Inversamente, Obama se impuso en otros dos condados (Clark y Cowlitz) donde la Iniciativa 502 resultó derrotada.

Tanto en Washington como en Colorado, la propuesta para legalizar la marihuana comprende todo el espectro ideológico y atraviesa las fronteras partidarias, desafiando incluso los patrones geográficos típicos de votación.

El sólido apoyo en favor de estas iniciativas se presenta como un recordatorio de la noción democrática fundamental de que, en la medida en que las actitudes y preferencias del público evolucionan en el curso del tiempo, las leyes —incluso las leyes referidas a las drogas— forjadas bajo circunstancias diferentes deberán eventualmente ajustarse para coincidir con nuevas realidades.

En última instancia, la implementación de la Enmienda 64 y la Iniciativa 502, y los impactos que sucedan a tal implementación, dependerán de la intricada interacción de los intereses políticos y legales implicados en el federalismo contemporáneo. Sin embargo, lo que es seguro ahora es que Colorado y Washington han llevado la legalización de la marihuana al primer plano; que en los próximos años se presentarán a votación nuevas iniciativas para legalizar la marihuana en otros estados; y que eventualmente la legislación federal sobre la marihuana deberá modificarse para mantenerse a tono con la época actual.