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6 nov 2013

Relaciones internacionales dominadas por la supremacía y los escollos para la paz en Siria

TOMADO DE ARGENPRESS

Juan Francisco Coloane (especial para ARGENPRESS.info)

Si existe un área del conocimiento que ha permanecido como suspendida en un estado de hibernación en el período post guerra fría anterior, es aquella de las relaciones internacionales. Como cuerpo teórico y académico en primer lugar y como instrumento de política exterior en determinadas instancias, ha debido enfrentar problemas en un mundo que se presenta con contradicciones inconmensurables excepto en un plano: la necesidad por la supremacía de cualquier nación en el área que sea.

Desde el realismo duro o blando, el idealismo con acento en lo ideológico, al constructivismo liberal o el puesto de moda “poder atractivo y persuasivo”, han sido constructos de análisis que se han estrellado en conflictos como en la Ex -Yugoslavia, en el África y especialmente en las ocupaciones en Afganistán e Irak. Ahora con Siria y una guerra artificial prolongada a la fuerza para derrocar un gobierno, esos constructos se estrellan nuevamente.

El sistema de vigilancia planetaria implantado por Estados Unidos después del 11 de septiembre de 2001 se debe agregar como otro factor determinante que altera las condicionantes y los supuestos con que se analizan y administran las relaciones internacionales.

Como que el cerrado núcleo de guerra fría con su eje de paz y contención al holocausto nuclear, al abrirse hacia libertad, democracia y mercados, convirtiera al antiguo orden mundial en una anarquía dislocada y sin límites en donde prima la desconfianza. Y, como para ponerle freno al desenfado, en medio del evidente progreso hay como un regreso brusco a la Edad Media con algunas pinceladas del Príncipe de Macchiavello en eso de consolidar supremacía. Estados Unidos encabeza este proceso que consiste en más caos que orden y en este sentido el único beneficiado es su poderío bélico y su problemática economía.

La naturaleza del actual escenario internacional consiste en una transición compleja y lo de Siria es un ejemplo directo y claro. Desde un mundo bipolar rígido, observamos la construcción de una multipolaridad aún con rasgos indefinidos en materia de orden mundial y sistema de equilibrios. Arabia Saudí aspira a la supremacía regional a toda costa y paradójicamente en alianza con Israel, algo impensado 20 años atrás. Es tan fuerte el afán sionista por dominar la zona que entra en alianza con la monarquía Saudí, una de las más retrógradas en el mundo árabe, para asumir el rol de potencias regionales.

Los niveles de supremacía de una nación o un grupo de naciones respecto a otras naciones, o de una región respecto a otra, se hace cada vez más evidente en diferentes planos: económico, energético, demográfico, territorial, tecnológico, cultural, capital humano y demográfico, aunque fundamentalmente en el bélico. En el caso de esta región convulsionada hace bastante tiempo, el predominio bélico se ha hecho evidente.

Lo que se constata es el desarrollo de una globalización que ha limitado la capacidad de los estados para administrar sus economías, sus riquezas, determinar sus estrategias de desarrollo y protegerlos de variadas formas de desintegración, una de ellas como la que observamos en Siria, en Irak, la que se incuba en Egipto. Se observan niveles de desequilibrios incidiendo en un sistema de relaciones internacionales cada vez más complejo y menos democrático.

¿Habrá Ginebra II para el pueblo Sirio?

La reciente visita del secretario de estado estadounidense John Kerry a Arabia Saudí y las declaraciones oficiales de estas naciones desnudan ese rasgo de la operación que fracasó y se inscriben en ese clima de beligerancia generado por los propósitos de supremacía a toda costa, aun habiendo perdido la guerra.

Ambos encargados de las relaciones internacionales de sus países, Kerry y su par Saud al-Faisal, coincidieron en que compartían un objetivo común y que no era otro que el acabar con el gobierno en Siria. Este ha sido el factor clave que ha prolongando inicio de la conferencia Ginebra II y poner fin a la guerra. Como que después de las destempladas declaraciones del representante de la diplomacia Saudí, se hubieran acabado los intersticios y las capas de cebolla y mucho haya quedado al descubierto.

Eso de poner fin a la guerra en Siria después de una negociación política para una transición que implica cambio de gobierno a través de elecciones se puede prestar a confusión. Los supuestos son demasiados.

En primer lugar, en el plano inmediato significa que la oposición política al gobierno Sirio tiene el poder de llamar a los 10 y más grupos armados para detener el fuego y la insurrección. En segundo lugar y lo más importante, que los seis países liderando la aventura de derrocar al presidente Sirio podrán fin al plan. Es difícil un acuerdo entre Estados Unidos, Israel, Francia, Reino Unido, Turquía y Arabia Saudí para suspender la guerra si la presa mayor – Bashar al Assad- permanece en el poder, aunque sea un día después de Ginebra II. El líder de la Coalición Nacional Siria (CNS), Ahmad Jarba, dijo el domingo que su grupo no asistiría a la conferencia si Irán participa en Ginebra II y si no hay un plan específico para que Assad abandone la presidencia. Estas demandas fueron consideradas una provocación, anunció el ministro ruso de asuntos exteriores, Sergei Lavrov el pasado martes.

El tercer supuesto es el de la actividad terrorista y de quiénes o que países mejor dicho, se hacen responsable de suspenderla.

Es más que probable que en esta guerra plena de sorpresas y giros a la vuelta de la esquina y a espaldas de lo conversado, nos depare más sorpresas aún. El test consistirá cuando las partes que sean lleguen a la mesa de negociaciones, declaren el fin a la guerra y ésta continúe por el carril en que ha estado funcionando, sin que nadie impida la actividad terrorista que ha sido el baluarte del plan de derrocar al gobierno. Esta es la incógnita mayor en el plano formal de la diplomacia de las naciones que han sustentado el plan de guerra a Siria, incógnita hasta cierto punto porque si la actividad terrorista se detiene es porque en algún cuartel se dio la orden y en ese cuartel claramente se “cocina” el poder. ¿Cuál o cuáles de los países que entraron en el plan, asumirán haber actuado en connivencia con el terrorismo?

En este sentido la parte Saudí pareciera estar fuera de control literalmente y el objetivo de su par estadounidense John Kerry no podría haber sido otro que contener a un enardecido gobierno Saudí que reconocidamente ha contribuido en forma crucial a la prolongación del conflicto en Siria. Especialmente gravitante ha sido el envío de armas a esa fuerza multinacional armada compuesta por terroristas y fanáticos religiosos. Hay una desesperación en los promotores de este plan de derrocamiento porque el tinglado se está desarmando a medida que el ejército sirio controla las partes más neurálgicas del país y la oposición pierde legitimidad con la población siria.

De llevarse a cabo exitosamente la conferencia de Ginebra II para la paz en Siria y que efectivamente se acuerde un plan de transición política hacia una democracia decidida por los sirios en forma abierta, estaríamos en presencia de un paso significativo en democratizar las relaciones internacionales. Sería un regreso a respetar la Carta de Naciones Unidas y un triunfo de un mutilado multilateralismo. Estados Unidos es fundamental para que esto ocurra. Rusia está haciendo su parte.

El sacrificio Sirio merece reivindicar patrones internacionales con equilibrios de poder y contención a supremacías destructivas. Son principios que sustentan el orden mundial consagrado en la Carta de Naciones Unidas. La guerra que aún se mantiene artificialmente en Siria para derrocar el gobierno, exhibe con realismo la ausencia de democracia en las relaciones internacionales. También describe la prevalencia de la supremacía como el factor principal que impide ese desarrollo. Por el factor del terrorismo y esa prolongación artificial sin apoyo popular en Siria, la guerra ha dejado de ser la operación sofisticada que se entramaba detrás de las llamadas revueltas populares bajo el logo de primavera árabe.
Fuente: http://www.argenpress.info/2013/11/relaciones-internacionales-dominadas.html

11 abr 2013

¿Por qué Irán debe tener la bomba? El equilibrio nuclear significaría estabilidad.



Kenneth N. Waltz


Durante los últimos meses, hemos sido testigos de un acalorado debate sobre cuál sería la mejor manera como Estados Unidos e Israel podrían responder a las actividades nucleares de Irán.  Mientras la polémica continúa, Estados Unidos ha reforzado su de por sí férreo régimen de sanciones contra la república islámica; además, la Unión Europea anunció en enero que tenía planeado iniciar un embargo contra el petróleo iraní el 1 de julio. Aunque Estados Unidos, la Unión Europea e Irán han vuelto recientemente a la mesa de negociaciones, aún se percibe cierta sensación de crisis.
No debería de ser así. La mayoría de los comentaristas y formuladores de políticas públicas estadounidenses, europeos e israelíes advierten que un Irán con armas nucleares podría ser el peor resultado posible del actual estancamiento. De hecho, probablemente sería el mejor resultado posible: el que tiene más posibilidades de restablecer la estabilidad en el Medio Oriente.
El poder requiere equilibrio.
La crisis por el programa nuclear iraní podría terminar de tres maneras diferentes. Primero, la diplomacia, de la mano con importantes sanciones, podría convencer a Irán de abandonar su deseo de tener armas nucleares. Pero este resultado es poco probable: los antecedentes históricos indican que un país empeñado en adquirir armas nucleares rara vez puede ser disuadido. Castigar a un Estado con sanciones económicas no hace fracasar irremediablemente su programa nuclear. Tomemos a Corea del Norte, por ejemplo, que logró construir armas nucleares a pesar de las innumerables rondas de sanciones y resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Si Teherán decide que su seguridad depende de la posesión de armas nucleares, es poco probable que las sanciones logren hacer que cambie de idea. De hecho, agregar aún más sanciones ahora podría hacer que Irán se sienta más vulnerable, lo que le daría razones adicionales para buscar la protección de un elemento disuasorio definitivo.
El segundo resultado posible es que Irán suspenda las pruebas nucleares pero desarrolle una capacidad alterna: la capacidad de construir y probar un arma muy rápidamente. Irán no sería el primer país en adquirir un sofisticado programa nuclear sin necesidad de construir una bomba real. Japón, por ejemplo, mantiene una amplia infraestructura nuclear civil. Los expertos creen que podría producir un arma nuclear en poco tiempo.
Esa capacidad alterna podría satisfacer las necesidades políticas internas de los dirigentes de Irán, lo que les garantizaría a los extremistas disfrutar de todos los beneficios de tener una bomba (como una mayor seguridad), sin los inconvenientes que esto conlleva (como el aislamiento y la condena internacionales). El problema es que una capacidad alterna podría no funcionar de la forma deseada.
Lo que más les preocupa a Estados Unidos y a sus aliados europeos es el uso bélico, por lo que podrían aceptar una situación en la que Irán no llegue a crear un arma nuclear. Israel, sin embargo, ha dejado claro que una significativa capacidad de enriquecimiento iraní sería, por sí sola, una amenaza inaceptable. Es posible, entonces, que un compromiso fehaciente de que Irán no construirá un arma nuclear podría apaciguar a las principales potencias occidentales, pero dejaría insatisfechos a los israelíes. Israel se sentiría menos intimidado por un arma nuclear virtual que por un arma real y, por lo tanto, probablemente continuaría con sus arriesgados esfuerzos por subvertir el programa nuclear de Irán mediante el sabotaje y el homicidio. Esto podría orillar a Irán a concluir que, después de todo, una capacidad alterna es un elemento disuasorio insuficiente y que sólo la militarización puede darle la seguridad que busca.
El tercer resultado posible de este enfrentamiento es que Irán continúe su camino actual y haga pública su capacidad nuclear probando un arma. Los funcionarios estadounidenses e israelíes han declarado que esa posibilidad es inaceptable, argumentando que un Irán con armas nucleares ofrece una perspectiva particularmente aterradora, e incluso representa una amenaza para su existencia. Este lenguaje es típico de las grandes potencias que históricamente se han enfurecido cuando otro país comienza a desarrollar un arma nuclear propia. Pero hasta ahora, cada vez que otro país ha logrado entrar al club nuclear, los otros miembros han cambiado de rumbo y han decidido aceptarlo.  De hecho, al reducir los desequilibrios del poder militar, los nuevos Estados nucleares generalmente producen más estabilidad regional e internacional, no menos.
El monopolio nuclear regional de Israel, que ha demostrado ser extremadamente duradero en las cuatro últimas décadas, ha generado, desde hace tiempo, inestabilidad en el Medio Oriente. En ninguna otra región del mundo hay un Estado nuclear solitario y no controlado. El arsenal nuclear de Israel, no el deseo de Irán de tener uno, es lo que ha contribuido más a la crisis actual. El poder, después de todo, requiere equilibrio. Lo que resulta sorprendente del caso de Israel es que haya tardado tanto en surgir una posible balanza.
Por supuesto, es fácil comprender por qué Israel desea seguir siendo la única potencia nuclear de la región y por qué está dispuesto a utilizar la fuerza para asegurarse dicha condición. En 1981, Israel bombardeó Iraq para evitar un desafío a su monopolio nuclear; lo mismo sucedió con Siria en 2007, y ahora está considerando una acción similar contra Irán. Pero los actos mismos que han permitido que Israel mantenga su ventaja nuclear en el corto plazo han prolongado un desequilibrio que es insostenible en el largo plazo. La probada capacidad de Israel para atacar impunemente a sus posibles rivales nucleares ha hecho que sus enemigos estén inevitablemente ansiosos por desarrollar los medios para impedir que Israel vuelva a atacarlos. De esta manera, sería mejor analizar las tensiones actuales, no como las primeras etapas de una crisis nuclear iraní relativamente reciente, sino como las etapas finales de una crisis nuclear que ha durado varias décadas en el Medio Oriente y que terminarán sólo cuando el equilibrio del poder militar se restaure.

Temores infundados.
Uno de los motivos por los que se ha exagerado tanto la amenaza de un Irán nuclear es porque en la discusión se ha distorsionado por temores infundados y por malos entendidos fundamentales sobre la forma en que los Estados se comportan en general en el sistema internacional. La primera y más importante preocupación, que subyace a muchas otras, es que el régimen iraní es por naturaleza irracional. A pesar de la creencia generalizada en sentido contrario, la política iraní no la hacen “mulás locos”, sino ayatolás perfectamente cuerdos que desean sobrevivir como cualquier otro líder. Aunque los líderes iraníes se entregan a la retórica inflamatoria y  llena de odio, no muestran propensión alguna a la autodestrucción. Sería un grave error de los formuladores de políticas públicas de Estados Unidos e Israel suponer lo contrario.
Sin embargo, eso es precisamente lo que han hecho muchos funcionarios y analistas estadounidenses e israelíes. Retratar a Irán como irracional les ha permitido argumentar que la lógica de la disuasión nuclear no se le puede aplicar a la república islámica. Si Irán logra tener armas nucleares, advierten, no dudará en usarlas en un primer ataque contra Israel, aunque al hacerlo provocara represalias masivas y el riesgo de destruir todo aquello que aprecia el régimen iraní.
A pesar de que es imposible estar seguro de las intenciones iraníes, es mucho más probable que si Irán desea tener armas nucleares, sea con el propósito de cubrir sus necesidades de seguridad, no de mejorar su capacidad ofensiva (o de destruirse a sí mismo). Irán puede ser intransigente en la mesa de negociaciones y desafiante frente a las sanciones, pero aun así actúa para asegurar su propia defensa. Los líderes iraníes, por ejemplo, no intentaron cerrar el estrecho de Ormuz pese a haber emitido advertencias vociferantes de que podrían hacerlo cuando la Unión Europea anunció un embargo petrolero en enero. Evidentemente, el régimen iraní concluyó que no deseaba provocar lo que sin duda habría sido una respuesta rápida y devastadora de Estados Unidos ante una medida como ésa.
Sin embargo, incluso a algunos de los observadores y formuladores de políticas públicas que aceptan que el régimen iraní es racional les sigue preocupando el hecho de que un arma nuclear lo envalentonaría y le daría a Teherán un escudo que le permitiría actuar de manera más agresiva y aumentar su apoyo al terrorismo. Algunos analistas temen incluso que Irán les proporcionaría armas nucleares directamente a los terroristas. El problema con estas preocupaciones es que contradicen el historial de casi todos los Estados que tienen armas nucleares desde 1945. La historia muestra que cuando los países obtienen la bomba, se sienten cada vez más vulnerables y se tornan muy conscientes de que las armas nucleares los convierten en blancos potenciales a los ojos de las grandes potencias. Esta conciencia disuade a los Estados nucleares de emprender acciones osadas y agresivas. La China maoista, por ejemplo, se volvió mucho menos belicosa después de construir sus armas nucleares en1964; la India y Pakistán se volvieron más cautelosos desde que adquirieron poder nuclear. Hay pocas razones para pensar que Irán romperá este molde.
En cuanto al riesgo de que se las entreguen a los terroristas, ningún país podría transferir armas nucleares sin correr el gran riesgo de ser descubierto. La capacidad de vigilancia de Estados Unidos representaría un serio obstáculo, al igual que la impresionante y creciente capacidad de identificar la fuente del material físil. Además, los países nunca pueden controlar por completo, ni predecir, el comportamiento de los grupos terroristas que patrocinan. Una vez que un país como Irán adquiera la capacidad nuclear, tendrá todas razones para mantener el control total de su arsenal.
Después de todo, construir una bomba es costoso y peligroso. No tendría sentido transferir el producto de esta inversión a grupos en los que no se puede confiar y que no es posible controlar.
Otra preocupación muy pregonada es que, si Irán logra construir la bomba, otros Estados de la región seguirán su ejemplo, lo que daría lugar a una carrera armamentista nuclear en el Medio Oriente. Pero la era nuclear inició hace casi 70 años, y hasta ahora, los temores por la proliferación han resultado ser infundados. Si se define de manera adecuada, el término “proliferación” significa propagación rápida e incontrolada. Nada de eso ha ocurrido; de hecho, desde 1970, ha habido una marcada desaceleración en el surgimiento de Estados nucleares. No hay ninguna razón para esperar que esta tendencia vaya a cambiar ahora. Si Irán se convierte en la segunda potencia nuclear del Medio Oriente desde1945, esto difícilmente indicaría el inicio de una avalancha. Cuando Israel adquirió la bomba en la década de los sesenta, se encontraba en guerra con muchos de sus vecinos. Sus armas nucleares eran una amenaza mucho mayor para el mundo árabe que la que representa el programa de Irán hoy en día. Si un Israel con armas atómicas no provocó una carrera armamentista en ese entonces, no hay ninguna razón para que Irán lo haga ahora.

No hay que preocuparse.
En 1991, la India y Pakistán —que históricamente han sido rivales— firmaron un tratado en el que convenían no atacar las instalaciones nucleares del otro. Se dieron cuenta de que la inestabilidad producida por los desafíos mutuos era mucho más preocupante que la capacidad disuasiva nuclear de su adversario. Desde entonces, incluso frente a grandes tensiones y provocaciones arriesgadas, los dos países han mantenido la paz. Israel e Irán harían bien en considerar este precedente. Si Irán se vuelve nuclear, Israel e Irán se disuadirán entre sí, como siempre lo han hecho las potencias nucleares. Nunca ha habido una guerra total entre dos Estados con  armas nucleares. Una vez que Irán cruce el umbral nuclear, se aplicará la disuasión, incluso si el arsenal iraní es relativamente pequeño. Ningún otro país de la región tendrá incentivos para adquirir su propia capacidad nuclear, y la crisis actual finalmente se disipará, lo que daría pie a un Medio Oriente más estable de lo que es hoy en día.
Por ese motivo, no es necesario que Estados Unidos y sus aliados se esfuercen tanto por evitar que los iraníes desarrollen un arma nuclear. Los esfuerzos diplomáticos entre Irán y las grandes potencias deben continuar, porque las líneas abiertas de comunicación harán que los países de Occidente se sientan más capaces de convivir con un Irán nuclear. Sin embargo, las actuales sanciones contra Irán se deben eliminar: perjudican principalmente a los iraníes comunes.
Pero lo más importante es que los formuladores de políticas públicas y los ciudadanos del mundo árabe, de Estados Unidos, de Europa y de Israel deben tener el consuelo de que la historia ha demostrado que ahí donde surgen las capacidades nucleares, también surge la estabilidad. Ahora más que nunca, cuando se trata de armas nucleares, más puede ser mejor. 

Kenneth N. Waltz es investigador sénior del Saltzman Institute of War and Peace Studies y profesor adjunto de Ciencia Política en la Columbia University.

Fotografía:  The Official CTBTO Photostream (flickr).