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23 abr 2013

Las nuevas ropas del emperador

Las nuevas ropas del emperador En el mundo, China es la segunda economía, el primer exportador y el segundo importador. Su papel es clave para el destino global. ¿Qué ocurrirá ahora que el PC chino eligió nuevas autoridades para el país? Entrevista con el analista Xulio Ríos.





En el XVIII Congreso del Partido Comunista chino de noviembre pasado se eligieron los líderes que comandarán el país hasta –se espera– el año 2022. Pero por las calles de Beijing, a la gente parecía importarle más el IPad mini que su Primer Ministro. El fervor no estaba en la política sino en el consumo, de la revolución proletaria al anhelo propietario.

La generación de Xi Jinping y Li Keqiang –esperados futuro presidente y primer ministro– es la quinta desde que en 1949 triunfara la revolución que estableció la República Popular. La primera fue la encabezada por Mao Zedong líder revolucionario, estratega militar e ideólogo del comunismo chino. Hasta su muerte, Mao mantuvo un control obsesivamente personalista sobre los asuntos del Estado. Sin embargo, la mística revolucionaria y fundacional hicieron que su imagen se volviera funcional al PC chino en la etapa post-Mao. Aunque hoy ya no quede casi nada en pie del sistema que Mao intentó implantar, el poder simbólico de su figura retiene una fuerte capacidad de movilización política y emocionalidad patriótica. Removido de su condición humana, Mao preside inmaterialmente sobre China como una figura casi deificada. La paradoja es que si bien Mao está en todos lados –desde la puerta de la Ciudad Prohibida hasta los productos shanzai (truchos)– China hoy se mueve al paso que le marcó Deng Xiaoping, responsable de desarticular por completo el sistema maoísta. Deng transformó a China por medio de la apertura y la reforma económica, pero manteniendo un férreo control político. A diferencia de lo que hiciera Kruschev en la Unión Soviética –denunciar y repudiar a Stalin– Deng optó por la transición gradual. Dictaminó que el camarada Mao había tenido un “70% de aciertos y 30% de errores”.

¿Quién gobierna ahora los destinos de China? ¿Hacia dónde se dirige esta potencia ascendente que crecientemente marca los destinos del sistema internacional? Por cualquier métrica que se tome, la República Popular es fundamental para el mundo. El país asiático es la segunda economía del mundo, el primer exportador y el segundo importador. Uno de cada tres electrodomésticos son producidos en China, así como uno de cada dos pares de zapatos. Con 160 ciudades de más de un millón de habitantes, China consume un quinto de la energía global, cuarenta por ciento del cemento y treinta por ciento del acero. Allí vive el veinte por ciento de la población global, lo cual quiere decir que de cada cinco personas en el planeta, una es china. Con intereses económicos y políticos que se extienden por todo el globo, ¿tienen los nuevos líderes que tomaron el poder en noviembre de 2012 margen de acción para establecer nuevos rumbos para la República Popular? Las decisiones que tome esta cohorte de líderes con respecto al destino de China determinarán en gran medida la forma del mundo de la próxima década.

La columna vertebral
La estructura de gobernabilidad en la República Popular está garantizada por la articulación de tres pilares: el Estado, el Ejército y el Partido. En la política china, el valor máximo es la estabilidad, garantizada en la unidad del gobierno, la politización militar y la cohesión de la dirección partidaria. Cada una de las tres estructuras corporiza a la vez una visión fundamental acerca del individuo y su relación con la sociedad o cosmovisión: la confuciana (el Estado), la realista o estratégica (el Ejército) y la comunista (el Partido).

El Estado chino es tributario de los principios del confucianismo. Según esta concepción, el hombre solamente puede alcanzar la realización plena en tanto ser social. Ello implica que cada uno ocupa un determinado lugar en el conjunto. Esta jerarquización no es de orden social sino moral, y es por ello que la unidad social de pertenencia puede ser la familia o el Estado. En la práctica, el confucianismo ordenó la construcción de la burocracia imperial china: oficiales racionales y estudiosos –mandarines– obedientes de sus deberes como miembros del servicio civil, honestos y virtuosos. Sus cualidades personales de excelencia reflejaban la legitimidad del Emperador y garantizaban la justicia del orden social. A pesar de haber transcurrido más de mil trescientos años, la concepción jerárquica del servicio civil y del orden estratificado como medio para la armonía social son principios de plena vigencia en la administración pública china actual. Durante el Congreso del Partido en noviembre, aparecieron cada diez metros a lo largo de la avenida que lleva al Gran Salón del Pueblo voluntarios con brazaletes rojos que en letras doradas decían “voluntario de seguridad pública”. En un despliegue típicamente chino, barricaron el kilómetro y medio de la avenida Chang´an desde la Plaza Tiananmen hasta el Hotel Beijing donde se alojaban los delegados al Congreso. Más tarde se supo que durante esa semana fueron 1,4 millones de voluntarios que tomaron su turno bajo la sombrilla a pesar del frío invernal.

La segunda columna sobre la que se apoya el régimen chino es el Ejército Popular de Liberación (ELP). El presidente saliente Hu Jintao definió las tres principales “misiones históricas” del Ejército como: consolidar la autoridad de gobierno del Partido Comunista, asegurar la soberanía, integridad territorial y seguridad doméstica para el desarrollo y salvaguardar los intereses nacionales de China. El ELP es el mayor ejército del mundo, con una fuerza activa de 2,3 millones. El gasto militar chino es el segundo del mundo, aunque ello representa el 5,5% del total global (en comparación, sólo EE.UU. fue en 2011 responsable por el 46% del gasto militar global). Pero más importante aún, el ELP es el brazo armado del Partido. La señal es clara: el Partido está más preocupado por la inestabilidad interna –se registran según cifras oficiales 274 incidentes o protestas por día– que por potenciales enemigos externos. El pensamiento imperante asociado a la estructura del ELP es el estratégico representado por Sun Tzu. En esencia, es el equivalente oriental del realismo político de Tucídides, Maquiavelo, y Hobbes: el individuo es egoísta y busca el poder, con lo cual la sociedad es equivalente a una competencia de todos contra todos. Las relaciones entre estados son competitivas y basadas en el interés nacional definido en términos de poder.

El tercer elemento que constituye la estructura fundamental de gobierno es el PC chino, la organización política más grande del mundo, con ochenta millones de miembros. La legitimidad del Partido se desprende de haber puesto a China de pie luego de su “siglo de humillación” frente a potencias coloniales ocupantes, la invasión japonesa y los abusos de los nacionalistas del Kuomintang de Chiang Kai-Shek. El establecimiento de la República Popular en 1949 buscó trazar un camino absolutamente nuevo para China, haciendo un corte revolucionario con el pasado. En abierta contradicción con el mandato confuciano de estabilidad y continuidad, la tradición comunista trajo consigo la agitación revolucionaria. El proyecto ideológico emancipador de base marxista rechazó las jerarquías tradicionales asiáticas –el afecto padre/hijo; el deber señor/súbdito y el orden mayor/joven– por ocultar la opresión de clase y el gradualismo por ser una máscara del conservadurismo. Aún antes del fin de la Guerra Fría, el PC dejó de lado la legitimidad basada en el enfrentamiento con el capitalismo y forjó un nuevo contrato social con la población: no basado en la igualdad de los trabajadores sino en la prosperidad de los consumidores. El PC mantiene aumentos sostenidos en el nivel de vida a cambio del monopolio de la representación política.

Recambio generacional
Pero a las estructuras de gobernabilidad y las tradiciones filosóficas deben sumarse los actores, quienes aportan el elemento de la agencia humana en el proceso social. La dirigencia entrante se encuentra atravesada además por dos corrientes internas: los Taizidang (“príncipes”) y los Tuanpai (“cuadros de la liga”, de la militancia en la Juventud Comunista). Las diferencias son intelectuales y de proyectos de país, reflejándose en distintos objetivos de política pública, agendas económicas, prioridades sociopolíticas, modelos de desarrollo y políticas exteriores. La coalición taizidang representa mayormente los intereses de ciudades ricas en provincias costeras. Vinculados a la exportación y las finanzas, responden a patrones liberales, como favorecer la inserción a los mercados mundiales, y focalizarse en potenciar el crecimiento. La coalición tuanpai hunde sus raíces en el interior, en el sector rural y las provincias menos desarrolladas del interior. Al no haber electorado sino más bien “selectorado”, el PC ha establecido la fórmula “un partido, dos coaliciones” para moderar la competencia. El reparto de poder salvaguarda la desintegración centrífuga, asegurando la supervivencia del partido y la estabilidad del régimen Así, Xi Jinping es “príncipe” y Li Keqiang “popular”. Las categorías occidentales antinómicas como derecha o izquierda, elitista o progresista, conservador o reformista no sirven para analizar los intereses y lealtades de los nuevos caudillos chinos.

*Dr. en RR.II. y Dir. del Programa de Asia Pacífico de la Univ. Torcuato Di Tell
a.

25 mar 2013

China and Africa in the Xi Jinping Era


By Ambassador David H. Shinn

While China’s policy in Africa during the Xi Jinping era will look much like that of the Hu Jintao period, the challenges will be greater.


Recently installed Chinese President Xi Jinping made his first visit outside the country to Russia and then went directly to Tanzania before he attends the BRICS summit in Durban, South Africa, followed by a state visit to that country. Xi Jinping will end this international travel with a stop in the Republic of the Congo. The fact that Xi Jinping is devoting so much time so early in his tenure to Africaunderscores a continuing theme in Chinese foreign policy. China frequently points out that it is the world’s largest developing country (the “developing” assertion is open to debate) and Africa is the location of the world’s largest number of developing countries. China sees its future as intertwined with the world’s developing countries.

Fifty of Africa’s 54 countries now recognize China while four still recognize Taiwan. China has an embassy in all 50 except for Somalia. China passed the United States in 2009 as Africa’s largest trading partner. It is providing an estimated $2.5 billion annually in OECD-equivalent foreign aid to Africa as compared to $8 billion from the United States. While China’s cumulative investment in Africa lags that from the United States, which started earlier, it hasprobably been greater in recent years than that originating in the United States. Washington has more extensive security interests, including a military base in Djibouti with more than 3,000 personnel, in Africa than does Beijing. On the other hand, China has 1,500 military and police personnel assigned to six of the seven UN peacekeeping missions in Africa compared to less than 30 from the United States.

China now offers about 5,000 fully paid scholarships annually to African students to study in China and has provided technical training for some 30,000 Africans. Since 1963, more than 18,000 Chinese medical personnel have served in 46 African countries. Several years ago, China began sending to Africa small numbers of youth volunteers in a program that is similar to the much larger U.S. Peace Corps. Its official news agency, Xinhua, has more than 20 bureaus in Africa and China Radio International and China Central Television are rapidly expanding their presence in Africa. China has 29 Confucius Institutes, which teach Chinese language and culture, in 22 African countries.

Over the past two decades China has significantly stepped up its efforts in Africa and this will continue under Xi Jinping’s leadership. While China casts the relationship as part of its “win-win” strategy for helping to develop the continent, the picture is more complicated. Like all countries, China is operating in its own interests and it has at least four of them in Africa.

First, it needs access to African raw materials, especially energy and minerals, to fuel its strong industrial economy. The continuing success of this economy helps ensure that the Communist Party of China remains in power. Second, China relies on the political support of its African friends in international forums such as the United Nations and World Trade Organization. Third, Beijing seeks eventually to replace Taipei in those four countries that continue to recognize Taiwan. Fourth, China grasped sooner than the United States that Africa’s more than one billion people and growing middle class offer an attractive market for its exports.

Xi Jinping will continue to pursue these interests in Africa and almost certainly increase efforts to strengthen ties with individual African countries and African regional organizations such as the African Union, Economic Community of West African States, Southern African Development Community, and Common Market for Eastern and Southern Africa. In 2000, China established the Forum on China Africa Cooperation, which meets at the summit level every three years, to help coordinate this rapidly expanding engagement. China is committed to Africa for the long-term.
China also faces challenges in Africa and China in the Xi Jinping era will find increasingly that it must address these issues. China’s Vice Foreign Minister Zhai Jun recently estimated there are between one and two million Chinese small traders and entrepreneurs living in Africa. As their numbers grow, they face more opposition from African counterparts who often are not able to compete successfully. African civil society and even a few governments are beginning to complain publicly and take action to slow Chinese migration to Africa. In 2009, for example, Tanzania passed a law forbidding foreigners (aimed at Chinese) from owning shops in Dar es Salaam. The Chinese traders and many African traders sell Chinese products often at lower prices than comparable African manufactured products. This is also causing concern among African manufacturers.

China’s trade with Africa exceeded $200 billion in 2012 and has been generally balanced in recent years. On the other hand, there are huge disparities in bilateral trade relationships. Some 15 African energy and mineral exporting countries have large trade surpluses with China while more than 30 resource poor countries have major trade deficits. The trade balance of the remainder is generally in balance. China is finding that it must address its large trade surpluses with poorer African countries as these relationships are not sustainable.

Xi Jinping’s visit to Tanzania, South Africa and Republic of the Congo make the point. Tanzania has consistently had a major trade deficit with China; in 2011, for example, it exported $428 million in goods to China and imported $1.8 billion in products from China. South Africa had large trade deficits with China until 2010, when trade was in balance. In 2011, South Africa had a modest trade deficit with China. The Republic of the Congo, a major oil exporter to China, has had a huge trade surplus over the past decade. In 2011, the Congo exported $4.2 billion of oil and timber to China while its imports from China totaled only $541 million.

Reflecting problems within China, other issues that Xi Jinping’s team will find itself addressing in Africa are environmental concerns, corporate social responsibility, worker safety and complying with local labor regulations. China has traditionally been weak in all of these areas in China; it is not surprising that it has fallen short in Africa.

To its credit, China seems prepared to do better in each of these areas. In remarks made prior to Xi Jinping’s trip, Vice Minister Zhai Jun called on Chinese businesses in Africa to compete with integrity and quality, respect local laws, improve treatment of and hire more local labor, and improve environmental protection. These are areas where the government of China often does not have control over Chinese companies but is interested in minimizing their sometimes embarrassing actions.

China’s greater engagement with and presence in Africa come with increased risks, which Xi Jinping will be required to confront. In recent years, several dozen Chinese have been kidnapped and released in Nigeria’s Niger Delta, dozens of construction workers and oil personnel have been kidnapped and even killed in Sudan, and nine energy prospection personnel were killed in Ethiopia’s Ogaden region. In 2011, China had to evacuate 36,000 contractors from Libya during the overthrow of the Qadhafi government. China now faces essentially the same security threats that nationals from Western countries have long experienced in Africa. While China’s policy is to rely on the host African government for protection of its nationals, this does not always happen and China will find that it must increasingly step in to protect its interests.

While China’s policy in Africa during the Xi Jinping era will look much like that of the Hu Jintao period, the challenges will be greater. Hu Jintao had a relatively easy time of it; the Xi Jinping team will have to be more agile and work harder just to maintain China’s current position.

Ambassador David H. Shinn is an adjunct professor in the Elliott School of International Affairs at George Washington University and former U.S. ambassador to Burkina Faso and Ethiopia. He blogs at http://davidshinn.blogspot.com.